Parió a Jaimico, su último hijo, a los 80 años justo antes de morir. En realidad se trataba del primero de sus hijos aun fuera el último en nacer. Un pequeño ser de 30 centímetros de largo y de no más de 2 kilos de peso. Su cuerpo pellejúo y arrugado había perdido ya toda la grasa y masa muscular que alguna vez hace tiempo cubrían sus débiles huesos. Tenía el tamaño de un feto casi. Al nacer no lloró, se aclaró la garganta y habló, directamente a su madre, la voz grave, los ojos llorosos: Al fin te veo la cara, madre. Has sido una buena madre conmigo. Gracias. Te quiero madre te quiero y te voy a extrañar... Y apenas ella acabó de suspirar repetidas veces su nombre, murió.
En sus años de gestación Jaimico se convirtió en experto en fertilidad. Sabía el momento exacto cuando su madre se hallaba en el período más fecundo del mes y hasta se había hecho sensible al sutil sonido que emite el espermio cuando penetra el óvulo, provocándole un vértigo en la boca estómago. Los orgasmos -los de la madre- eran su mayor entretención; lo divertían los espasmos; lo apretaban y lo soltaban una y otra vez en movientos rítmicos haciendo que su diminuto cuerpecito vibrara de placer. Así mismo fue testigo directo de unas 20 fecundaciones pero sólo de 7 partos. Los partos, en particular, lo estresaban. Le ponían los pelos de punta y más de alguna esto le hizo temer lo peor: romper bolsas y nacer de urgencia.
Las personas del entorno cercano a su madre, la notaban siempre algo hinchada. Pero ella sabía que no se trataba de simple hinchazón, que sus entrañas ocultaban vida, un ser, un bebe, un niño. Un hijo que de ninguna manera se llevaría a la tumba. Entonces fue que decidió hacerse una cesárea y dar a luz a ese último primer hijo. El doctor se vio obligado a meter las manos por encima de los codos y escarbar entre el charco hasta encontrarlo y arrancancarlo con fuerza de un brusco tirón... Un minúsculo viejecillo de 60 años, la cara sebosa ya arrugada, la boca apretada sin dientes, el pelo ralo cayendo en hilachas blancas por debajo de sus hombros redondos. Se lo colocaron a su moribunda madre sobre el pecho. Jaimico... Así te llamas, Jaimico. Jaimico, a mí también me da mucho gusto verte. Mucho gusto. Al fin te veo hijo al fin. Jaimico, Jaimico, Jaimico... dijo la madre en su último aliento.
(Victoria Calvo)
carne de plástico
viernes, 25 de mayo de 2012
martes, 27 de diciembre de 2011
el señor Tu

Me volví y todos vimos acercarse al hombre... una figura demacrada y sin hombros, los brazos largos y de movimientos desacompasados, con una bata sucia y manchada; los pies chatos calzados en viejas y desaliñadas pantuflas; la cabeza alargada como un huevo, el pelos corto, la frente hundida, no tenía mentón, las orejas enormes y apantalladas, los labios fríos y crueles sobre los dientes grandes, amarillos y podridos, la piel enfermiza de un adicto... Llegó arrastrando los pies, moviendo inquieto la cabeza a la izquierda y a la derecha para ver si alguien lo seguía.
Nos presentaron. Jamás había visto ojos iguales. Ojos tan oscuros que parecían carecer de pupilas, turbios y opacos... ojos muertos, impenetrales... Me estremecí.
Me ofreció su mano inerte y fría. Una mano enorme y huesuda con uñas de cinco centímetros, pardas, manchadas por el opio.
El señor Tu me aseguró que mi visita lo complacía. Respondí que el placer era todo mío. Después, nos sentamos...
viernes, 19 de agosto de 2011
cadáver viviente
La gente pasa por mi lado sin apenas verme.
Estoy tendida bocarriba en una camilla, apegada a un muro, en un rincón lúgubre de lo que supongo es un hospital. Cómo llegué aquí y por qué, no sé. El asunto es que estoy en este lugar sola conmigo misma; y aquí el chiste, el más gracioso de la “existencia”: a punto de dejar de ser yo.
Tengo miedo.
Me aferro como puedo a los bordes de la camilla enclenque. Pero a lo único que logro por momentos aferrarme es a los recuerdos que también comienzan a diluirse.
Y estas personas extrañas de semblantes imperturbables no cesan de pulular sin darme la menor importancia.
Tengo demasiado miedo.
Es aquel miedo que suscita el saber que lo perderás TODO.
Estoy a punto de saltar hacia el despeñadero de la muerte y tirar al tacho todo lo que con tanto esfuerzo y sacrificio logré a duras penas a veces construir. Incluida mi identidad, que tanto problema me trajo... Durante no poco tiempo me sentí tan insignificante, que ni la plata malgastada en sicólogos ni en libros de autoayuda pudo conmigo.
Aunque yo sabía como todo el mundo que este momento inevitable llegaría. Pero no sabía lo terrible que puede llegar a ser de verdad este momento inevitable.
Soltarse es, lo que se dice, terrible.
¡No saber adónde irán a parar los malditos recuerdos es terrible!! Ni mis logros por cagones que sean merecen irse al tacho.
Juro que anhelo retener y agarrarme hasta de mi peor experiencia…
Amo mis conflictos de autoestima.
Añoro y no quiero soltar nada, nada de lo que creo ser o haber construido.
E intento aún con más fuerza asirme a esta fría camilla y anclar un último pensamiento en ese alguien ligado íntimamente a mí a fin de aferrarme a él.
A ese otro cadáver viviente con el que construí buena parte de la efímera fantasía burlesca de mi historia.
martes, 23 de noviembre de 2010
Sándalo

La profunda oscuridad de sus ojos la envolvió desde un principio mientras le hablaba de algo sin importancia, y en ese reverberar ella se fue quedando; en las chispitas de luz que acompasaban el movimiento de sus toscas manos morenas, en el batir de sus labios bien puestos en la cara angulosa de expresión alegre un tanto ingenua como la de un niño, se fue quedando, entregada como un animalito manso al espacio entreabierto de su corazón. Y entró bastante fácil por esa apertura que dejaba su encendida camisa a medio abotonar donde flotaban como hebras luminosas sus pelos entrecanos. Y en aquel espacio ella se rindió a las punzadas que se abatían suaves y hacían sentir en el centro de su pecho tierno como un algo tibio y fugaz que entraba y retrocedía por entre la viscosa humedad de sus entrañas y el olor a sándalo.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Ven, déjalo todo y sígueme

El Gurú vecino se está preparando para el Gran día Gran: 21 del 12 del 2012. Se está aperando hasta la tusa con alimentos no perecibles que oculta en algún lugar secreto, supongo, del gran Santiago gran. Lo visualizo como a un perro escondiendo sus huesos. Lo sorprendí la otra madrugada arrastrando apenas, como un asesino en serie sacos henchidos repletos de tarros de jurel, de tomates, palmitos, duraznos, garbanzos, porotos, arvejas, sopas de sobre; de agua y más agua, bidones de agua Benedictino... Por un momento pensé que se trataba de un psicópata arrastrando al muertito; sí, pero no. En seguida, como si él mismo supiera lo que daba a entender se detuvo y abrió la bolsa y extrajo una lata, que mostró así como si nada diciendo que El tiempo está pasando cada vez más deprisa y que el veintiuno de diciembre del dos mil doce nos está casi pisando los talones, y me guiñó un ojo, así como si fuera algo de lo más normal. Mi impresión fue tal que me dio para al menos venir a escribirlo. Esto de ver a un cristiano tomándose tan en serio lo del 2012 me alarmó de veras.
Ven, déjalo todo y sígueme, hermana, dijo al final, lo que se oyó en un eco tras sus espaldas. Y sí, creo que lo voy a seguir, total no pierdo mucho, no es que no pierda nada, no, yo no digo eso...
martes, 3 de agosto de 2010
Sorpresa
Mis abuelos están de aniversario de bodas. Cumplen 50 años. Mis padres y unos tíos organizan hace meses una fiesta sorpresa; ayer nada más llegó un hermano de mi madre de Francia, el hijo menor de mi abuela, con el que habla por teléfono a menudo. Siempre, después de colgar, mi abuela llora. Al ver sus fotos también llora. No se ven desde hace demasiado tiempo, más de diez años. Yo ni siquiera nacía.
La llegada de mi tío realmente para mis abuelos viene a ser una verdadera sorpresa, digamos la guinda de torta. De hecho, se discute si se debería o no meter el tío en la torta, o sea, esconderse dentro, para, a su debido momento salir desde el medio como una conejita playboy destapando una botella de champan. Las opiniones familiares están divididas, pero yo soy partidario de que se meta.
La fiesta se viene con todo. Contrataron a una banquetera, a unos mozos, a un cura para que oficie la misa y a un maricón para que decore mi casa, la elegida para la fiesta. A fotógrafos no porque para eso estamos los nietos.
Mi madre ha ido a buscar a mis abuelos, les ha dicho una mentira a fin de sacarlos de de su departamento sin que sospechen nada.
Sus atuendos están escondidos en el clóset. La casa está oscura. Mi tío está dentro de la torta, una torta enorme, y grita que le lleven cerveza a cada rato. Los invitados se esconden por toda la casa distribuidos algunos debajo de la mesa, detrás del sillón, de las puertas, las cortinas. Cuchichean, se ríen, hablan brevemente por celular, tosen, se hacen callar.
Silencio. Llegaron. Entran. Alguien enciende las luces y gritan sorpresa. Las cornetas empiezan a sonar, lanzan challas al aire, serpentinas a las caras y en medio del jolgorio de abrazos y felicitaciones, se pierden y ya no los alcanzo a ver sino hasta cuándo van apurados subiendo las escaleras, arriados por unas tías como si fueran un par de retrasados mentales sin poder de decisión. Ellas dicen: Nos vamos a cambiar de ropa y bajamos altiro. En tanto el tío sigue gritando que le lleven cerveza.
La abuela se ve como disfrazada, el abuelo igual. Los noto extraños, retraídos, será que están nerviosos, incómodos. Dicen que no se esperaban esta sorpresa, y eso que aún no reciben la grande.
Al poco los acercan a la torta, y, de pronto, mi tío emerge desde el medio del merengue todo sonrisa, los ojos brillosos, transpirado sosteniendo la botella de Dom Pérignon. Mi abuela lanza un grito de la madre y se desploma en el piso para no volver a pararse.
La llegada de mi tío realmente para mis abuelos viene a ser una verdadera sorpresa, digamos la guinda de torta. De hecho, se discute si se debería o no meter el tío en la torta, o sea, esconderse dentro, para, a su debido momento salir desde el medio como una conejita playboy destapando una botella de champan. Las opiniones familiares están divididas, pero yo soy partidario de que se meta.
La fiesta se viene con todo. Contrataron a una banquetera, a unos mozos, a un cura para que oficie la misa y a un maricón para que decore mi casa, la elegida para la fiesta. A fotógrafos no porque para eso estamos los nietos.
Mi madre ha ido a buscar a mis abuelos, les ha dicho una mentira a fin de sacarlos de de su departamento sin que sospechen nada.
Sus atuendos están escondidos en el clóset. La casa está oscura. Mi tío está dentro de la torta, una torta enorme, y grita que le lleven cerveza a cada rato. Los invitados se esconden por toda la casa distribuidos algunos debajo de la mesa, detrás del sillón, de las puertas, las cortinas. Cuchichean, se ríen, hablan brevemente por celular, tosen, se hacen callar.
Silencio. Llegaron. Entran. Alguien enciende las luces y gritan sorpresa. Las cornetas empiezan a sonar, lanzan challas al aire, serpentinas a las caras y en medio del jolgorio de abrazos y felicitaciones, se pierden y ya no los alcanzo a ver sino hasta cuándo van apurados subiendo las escaleras, arriados por unas tías como si fueran un par de retrasados mentales sin poder de decisión. Ellas dicen: Nos vamos a cambiar de ropa y bajamos altiro. En tanto el tío sigue gritando que le lleven cerveza.
La abuela se ve como disfrazada, el abuelo igual. Los noto extraños, retraídos, será que están nerviosos, incómodos. Dicen que no se esperaban esta sorpresa, y eso que aún no reciben la grande.
Al poco los acercan a la torta, y, de pronto, mi tío emerge desde el medio del merengue todo sonrisa, los ojos brillosos, transpirado sosteniendo la botella de Dom Pérignon. Mi abuela lanza un grito de la madre y se desploma en el piso para no volver a pararse.
viernes, 9 de julio de 2010
Shaolin
El maestro nos habla de lo importante que es acallar la mente antes de la práctica de las artes marciales. Estamos en la sala de clase tratando de practicar kung fu.
Las paredes blancas soportan un par de cuadros de animales, un tigre, una grulla, en otra hay una foto del templo Shaolin y la de un monje de pelo y larga barba gris sosteniendo una ballesta. A un costado, un perchero, y embutidos en una especie de armazón de metal, unos palos de bambú y unas armas blancas, las que, de seguro, sirven a los más avanzados.
El profesor es mi amigo y vecino. Me convidó a probar una de sus clases.
Hace frío aquí en la sala y el olor a sándalo lo impregna todo. Los alumnos son bastantes ñurdos diré. Hacen preguntas y comentarios tontos, chistes demasiado fomes, se quejan de nada, de que les duele esto y lo de más allá y están empezando a irritarme. Hay uno delante de mí que está colmándome la paciencia. Interrumpió la clase para decir que no puede dejar de pensar y preguntar, odioso, frustrado, con insistencia, cómo se hace eso de no pensar en nada. Dice que trata pero que no puede, que no le resulta, casi lo grita, y el profesor, todo apacible parado allí adelante, intenta dar con la respuesta satisfactoria capaz de iluminar el inútil cráneo, y yo, con un sable a escasos centímetros de mí, creo haber encontrado la respuesta perfecta.
Las paredes blancas soportan un par de cuadros de animales, un tigre, una grulla, en otra hay una foto del templo Shaolin y la de un monje de pelo y larga barba gris sosteniendo una ballesta. A un costado, un perchero, y embutidos en una especie de armazón de metal, unos palos de bambú y unas armas blancas, las que, de seguro, sirven a los más avanzados.
El profesor es mi amigo y vecino. Me convidó a probar una de sus clases.
Hace frío aquí en la sala y el olor a sándalo lo impregna todo. Los alumnos son bastantes ñurdos diré. Hacen preguntas y comentarios tontos, chistes demasiado fomes, se quejan de nada, de que les duele esto y lo de más allá y están empezando a irritarme. Hay uno delante de mí que está colmándome la paciencia. Interrumpió la clase para decir que no puede dejar de pensar y preguntar, odioso, frustrado, con insistencia, cómo se hace eso de no pensar en nada. Dice que trata pero que no puede, que no le resulta, casi lo grita, y el profesor, todo apacible parado allí adelante, intenta dar con la respuesta satisfactoria capaz de iluminar el inútil cráneo, y yo, con un sable a escasos centímetros de mí, creo haber encontrado la respuesta perfecta.
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